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jueves, 28 de enero de 2010

La Cornisa de Las Vistillas. Un ajuste de cuentas de la curia con la ciudad de Madrid

Benito Saavedra
politólogo

El proyecto de instalar a la curia eclesial madrileña en la cornisa de Las Vistillas define el criterio que rige la conducta administrativa del Arzobispado: el criterio del poder. No se trata aquí de un poder espiritual o moral derivado de creencias respetables siempre. Más bien se trata de un poder físico y presencial tan palpable como el inmobiliario. Por lo demás, reiterado, ya que a pocos metros de distancia de donde pretende erigir su sede curial, es decir, las oficinas eclesiásticas, se yergue desafiante el principal símbolo eclesial, la catedral de La Almudena, junto al otro gran poder asentado en Madrid, cuya expresión es el Palacio Real.

La pretensión de elevar a los pies de Las Vistillas construcciones que incluyen un edificio de hasta 150 metros de fachada y otras abigarradas instalaciones, con estacionamientos subterráneos donde ahora existe un parque con cientos de árboles y vestigios de un jardín renacentista y un paño de la muralla de Felipe IV, se convierte en metáfora de las contradicciones que marcan la actitud seguida aquí por la jerarquía eclesial, demasiado tiempo ya encampanada a espaldas de la lógica ciudadana, del sentido común y de la democraticidad más básica.

Su reino, dicen sus defensores, no es de este mundo y por eso yerra. Tal aserto lo desmiente una actitud tan rotundamente mundana como la de figurar con una inmensa mole de edificios administrativos en el horizonte más visible y bello de la ciudad, pese al hondo rechazo ciudadano, vecinal, que se le opone con argumentos desde que el proyecto fuera ideado. Las posibilidades de instalar su curia en otro lugar de Madrid menos polémico o bien no han sido planteadas o bien han sido rechazadas. Se invoca el sacrosanto derecho de propiedad de unos terrenos que, por cierto, en su día les pasaron de las manos de la aristocracia.

¿Qué hay detrás de esta actitud? Aparte de otras motivaciones, hay una de tipo doctrinal y otra emocional. La primera deriva de que, desde el papado de Juan Pablo II, la jerarquía vaticana considera a España “tierra de misión”. Es decir, territorio a recristianizar de nuevo. Para ello, nada mejor que partir de una posición de autoridad. Se trata de mantener posiciones irreductibles, dogmáticas pues, tanto en lo espiritual como en lo temporal, ámbito en el que se ubica la actitud de imponer a capa y espada la mole de hormigón y ladrillo en la cornisa de Las Vistillas.

- Resentimiento eclesiástico.

La otra razón, emocional, y muy específicamente madrileña, es que todavía hoy parece perdurar un malestar hacia el propio pueblo de Madrid por parte de la jerarquía eclesial, cuyo núcleo administrativo más obstinado sigue achacándole las conductas individualizadas contra religiosos y religiosas de algunos madrileños durante la Guerra Civil. Jamás la jerarquía admitirá abiertamente tal malestar, pero la expresión de su recelo, aunque parezca mentira, se percibe todavía hoy en actuaciones eclesiales en la ciudad y en la región.

No parece que, hasta hoy, en ese núcleo jerárquico alguien se haya planteado, al menos en voz alta, por qué razón la Iglesia española no movilizó su ascendiente moral, que sin duda tenía al menos en los templos y en muchos hogares, para intentar desactivar el golpe militar que en 1936 truncó un régimen constitucional republicano avalado por el voto ciudadano, incluido el de muchos católicos, o bien para mediar entre las partes en litigio un arbitraje que ahuyentara la confrontación.

Los crímenes contra religiosos fueron execrables, pero no lo fue menos toda una conducta histórica de una institución que se arroga la que considera única interpretación del Derecho Natural así como el monopolio en la definición y de la producción de la moral privada y pública. En 1936, buena parte del pueblo identificó a unos y otros como los mismos tiranos y, como pudo, creó en unos meses un ejército de albañiles para enfrentarlos en una guerra que el pueblo no provocó. Eso fue lo que sucedió entonces. Conviene decirlo claramente. Como el lector y la lectora pueden apreciar, con este mar de fondo, el problema de la Cornisa de Las Vistillas queda desbordado en sus límites. Pero desgraciadamente creo que es parte de un mismo todo.

Como vemos, la actitud eclesial ante la cuestión de La Cornisa madrileña nos ha llevado a escenarios de mayor calado y a contemplarla como una pirueta más de los jerarcas eclesiales, sordos al sentido común y a la sensatez, sobre el deslizante voladizo de la historia. Éste es el problema: la concatenación de causas y efectos de un desencuentro que parece imposible de desactivar. Sin embargo, la solución, qué duda cabe, compleja pero posible, pasará necesariamente por comenzar a reflexionar con sinceridad para salir de esta y otras vertiginosas cornisas de la mano de la inteligencia y de la concordia, tan necesarias siempre como la coherencia y la ineludible memoria. Las creencias, religiosas o no, forman parte de la libertad y su defensa constituye un deber ciudadano, de ello no cabe duda; pero sus interpretaciones presuntamente morales, encaminadas a legitimar determinados efectos prácticos que no son más que privilegios encubiertos, resultan ser una impostura. En Madrid hoy esa impostura sobrevuela la cornisa de Las Vistillas.

viernes, 15 de enero de 2010

El racismo del nacional-catolicismo

Vicenç Navarro
catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas
Universidad Pompeu Fabra

Uno de los argumentos que autores conservadores han utilizado para negar el carácter fascista del régimen dictatorial establecido por el golpe militar liderado por el general Franco ha sido afirmar que la ideología de aquel régimen no incluía un componente racista, tal como ocurrió con el nazismo alemán y el fascismo italiano. La evidencia existente y fácilmente accesible muestra, sin embargo, la escasa credibilidad de tal argumento. El eje ideológico de aquel régimen fue el nacional-catolicismo que conjugó dos ideologías: el nacionalismo hispánico, que llegó incluso a negar la existencia de otras nacionalidades (como la catalana, la vasca, y la gallega), imponiendo su visión centralista uniformadora, y un catolicismo excluyente que intentó configurar todas las dimensiones del ser humano, incluyendo áreas tan íntimas como el comportamiento sexual de la ciudadanía.

Este nacional-catolicismo tuvo una concepción racista, pues tales ideologías totalizantes eran presentadas como definitorias de lo que el régimen definió como la raza hispana (el día nacional se llamaba el Día de la Raza), cuya superioridad le otorgaba el derecho de conquista y sometimiento de otras razas, tal como ocurrió en América Latina, cuya conquista militar y explotación era el motivo de celebración del día nacional (12 de octubre). Su misión “civilizadora” supuso el genocidio de la población nativa de aquel continente, bien documentada y denunciada por Bartolomé de las Casas. El nacional-catolicismo del régimen dictatorial se consideraba a sí mismo como el heredero de los Reyes Católicos, que habían expulsado a los judíos y a los musulmanes de España, habían establecido la Inquisición y habían conquistado Latinoamérica a base de cometer un genocidio.

El racismo del nacional-catolicismo fue más allá, sin embargo, del racismo étnico. Aunque incluyó una dimensión antisemita, el racismo del nacional-catolicismo se basó también en elementos político-culturales. Un objetivo explícito del golpe militar fue precisamente purificar la raza hispánica, eliminando todos los elementos que la debilitaran. Vallejo-Nájera, que dirigía los Servicios Psiquiátricos del Ejército y que había sido nombrado por el general Franco dirigente del rearme ideológico del nuevo régimen (realizando tal función como director del Gabinete de Investigadores Psicológicos del Ejército), había subrayado que era misión del Alzamiento Nacional “salvar la patria y la raza”, especificando las características que definían a la raza hispánica como “un masculinismo, un canto a la fuerza física y un profundo nacionalismo y catolicismo”.

Contraponía esta raza hispana a razas inferiores como la “raza roja” (que incluía a la gran mayoría de opositores al golpe militar y a la dictadura que estableció), a la cual consideró una raza inferior, contaminada por el marxismo, considerado como la máxima forma de patología mental posible, definiendo el marxismo español como “una mezcla de judaísmo y masonería que lo distinguió de un marxismo extranjero semita puro”. Tal “raza roja”, estaba compuesta de “subdesarrollados mentales, psicópatas y degenerados, todos ellos afectados por el marxismo, judaísmo masónico”, que se difundía fácilmente entre las clases populares debido a lo que Vallejo-Nájera consideraba su subdesarrollo mental. Todas estas citas aparecen en libros suyos titulados Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza y artículos en revistas consideradas científicas durante la dictadura, tales como el “Psiquismo del Fanatismo Marxista”, publicado en Semana Médica Española (8 de octubre, 1938, págs. 172-182) y también en la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra (mayo de 1939, págs. 398-413). El artículo publicado en esta última revista analizaba “la especial patología” de las mujeres milicianas, “seres débiles motivados por la envidia, la maldad y la venganza”, y cuya participación “en las revueltas políticas les daba ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes”.

En el artículo publicado en la Semana Médica Española, Vallejo-Nájera describía también los estudios realizados en los campos de concentración (asesorado por las autoridades nazis alemanas, de cuyos estudios en sus propios campos era no sólo consciente, sino un profundo admirador), dividiendo a los componentes de la raza roja en cinco grupos: los internacionales brigadistas, los presos políticos varones de nacionalidad española, las presas políticas hembras de nacionalidad española, los separatistas vascos (a los que Vallejo-Nájera definía como “sujetos de un curioso fenómeno de fanatismo político unido a un fanatismo religioso, enemigos de España”), y el quinto y más degenerado, el de “marxistas catalanistas (unidos por el fanatismo marxista y el antiespañolismo)”.

Es importante señalar que las autoridades de la Iglesia católica compartían la ideología nacional-católica racista, bien articulada por el ideólogo del régimen Vallejo-Nájera. Es más, la Iglesia contribuyó, en gran manera, a la llamada purificación de la raza que fue, en realidad, una brutal represión, con ejecuciones, detenciones, torturas y exilio, en contra de las personas y los grupos políticos y sociales que se opusieron a aquel régimen, incluyendo, por cierto, personas católicas e incluso sacerdotes que apoyaron a las fuerzas democráticas, así como a militares del propio Ejército que se opusieron a aquel golpe militar, llevado a cabo por la Iglesia y la Falange, así como por el Ejército golpista. Parte de este proceso de purificación de la raza, llevado a cabo por el régimen en colaboración con la Iglesia católica, consistía en el robo de infantes de “rojos” asesinados, encarcelados o desaparecidos, a fin de que no fueran “contaminados por sus padres, con el objetivo de salvarles”. Según Enrique González Duro (Los psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos, 2008), 12.043 niños fueron sustraídos de manos de sus padres durante los duros años de la represión (1939-1945). La Iglesia católica nunca ha pedido perdón al pueblo español por estos hechos.

"Usted está en una catedral". El Cabildo de Córdoba impone la visión cristiana en las visitas al templo

Manuel J. Albert

Si no vuelve a haber retrasos, en primavera, la Mezquita de Córdoba podrá ya, al fin, visitarse de noche. El Cabildo catedralicio de Córdoba, junto con el Consorcio de Turismo (encabezado por el Ayuntamiento de la ciudad), presentó ayer el vídeo que precederá el paseo guiado por el templo milenario y que constará de un espectáculo de luz y sonido.

La temática de la cinta fue objeto de polémica estos dos años debido al rechazo de la Iglesia. Por un lado, se oponía a que se exhibiese nada en el interior de la Mezquita. Aunque, sobre todo, estaba preocupada por su contenido. Famosas fueron las declaraciones del entonces obispo, Juan José Asenjo, que en 2008 dijo que jamás aceptaría que se proyectasen "sobre los muros la visión de caballeros árabes cabalgando".

La opinión de monseñor Asenjo, ahora arzobispo de Sevilla, ha triunfado. El Cabildo ha impuesto su visión y en el vídeo que se presentó ayer, en presencia del presidente del Cabildo, Manuel Pérez Moya, y el alcalde, Andrés Ocaña, se sigue la didáctica de la Iglesia que subrayan el carácter no sólo religioso, sino "occidental y cristiano" del edificio.

Pérez Moya señaló que la idea era trasladar al visitante el conocimiento profundo del monumento desde la perspectiva histórica, artística y religiosa. El presidente del Cabildo subrayó que se ha tratado de un "proyecto complejo" por la singularidad del edificio y agradeció la capacidad de diálogo del Ayuntamiento, destacando especialmente el entendimiento con el alcalde, Andrés Ocaña. El regidor también valoró la "buena disposición" del Cabildo para conseguir que esta visita nocturna sea una realidad para la ciudad, que lucha por conseguir que los visitantes pernocten en la misma.

Las buenas palabras de ayer no ocultan las intensas negociaciones que se llevaron a cabo. Uno de los participantes fue Francisco Tejada, anterior concejal de Turismo. "Se creó una comisión mixta y el trabajo fue largo y complejo al tratarse de un edificio que es Patrimonio de la Humanidad y un centro de culto religioso". En cuanto a los contenidos, Tejada añade que el guión siempre trató de reflejar la historia de la ciudad y el carácter permanente de culto del edificio.

A lo largo del metraje, que se apoya en imágenes generadas por ordenador, el narrador desgrana las etapas que ha vivido la ciudad, desde su nacimiento como poblado turdetano. Lógicamente se detiene ampliamente en la construcción de la Mezquita, sobre una basílica cristiana que comienza bajo el visir Abderramán I, en el siglo VIII. Una voz en off insiste en la admiración que los Omeyas sentían por la tradición clásica europea, especialmente helenística, y su heredera cristiana en Bizancio. Ello convierte a la Mezquita, dice la grabación, "en el último testigo occidental" de la influencia griega, dejando en un segundo plano el hecho musulmán.

Desde hace años, a quienes cruzan los muros del actual templo se les repite que el suelo que pisan no es el de una Mezquita, sino el de una catedral católica. Y que lo ha sido prácticamente siempre. Por ello, a pesar de sus cinco siglos de presencia islámica que convirtieron en algo único al edificio, a éstos los catalogan como "la intervención musulmana". Así, al menos, se lee en el triptico que se entrega a los visitantes. El folleto, La Catedral de Córdoba. Testigo vivo de nuestra historia, se centra sobre todo en la presencia cristiana (12 párrafos), relegando a la fase islámica (cinco párrafos).

- Altercado en el bosque de columnas.

Poco antes de que se presentase el vídeo que precederá a la visita nocturna a la Mezquita, el bosque de arcos y columnas fue testigo de un desagradable incidente. Un grupo de profesores universitarios y periodistas de Estados Unidos, algunos de ellos musulmanes, que llegaron a la capital cordobesa expresamente para conocer la Mezquita-Catedral, "fueron expulsados del monumento mientras lo visitaban al no estar acompañados por un guía oficial" de los autorizados por el Cabildo de Córdoba, informa Europa Press. La Catedral de Córdoba controla rígidamente el régimen de visitas guiadas y quiénes las ofrecen. Entre las 08.00 y las 10.00 (las horas de culto en las que este grupo visitaba la Catedral) la visita es gratuita, pero sólo se pude hacer de forma individual, no en grupos, y además en silencio, señala un portavoz del Cabildo.

El presidente de la Junta Islámica en España, el cordobés Mansur Escudero, explicó que la visita de este grupo de profesores y periodistas estadounidenses se había coordinado por la Junta Islámica de España, en el marco de un "programa de intercambio cultural" con la Fundación para el Intercambio y la Cooperación, radicada en Estados Unidos. También participaba la organización estadounidense Iniciativa Córdoba, llamada así "en honor al paradigma histórico que representa Córdoba respecto a la tolerancia y convivencia pacífica entre diferentes culturas y religiones, que son, precisamente, los valores que defienden y promueven estas entidades norteamericanas y los hoy expulsados de la Mezquita", dijo Escudero.

domingo, 10 de enero de 2010

Empate de catecismos

Antoni Puigverd

Amenábar, a pesar de la etiqueta de calidad que le acompaña, basa el éxito de su Ágora (filme que santifica a la filósofa Hipatia, protomártir del laicismo) en una argucia muy sobada: servir al numeroso público que se cree progresista un producto emocional destinado a confirmar sus prejuicios. En los años del desarrollismo franquista, Alfredo Landa hacía algo parecido: halagaba los prejuicios machistas de su generación. Y Vizcaíno Casas con sus libros, que satisfacían el deseo de bronca y nostalgia de los franquistas irritados por su decadencia.

Pero, en La Contra espléndida del pasado jueves, bastó una respuesta escueta y erudita de Cebrià Pifarré a una pregunta de Víctor Amela: y el barroco edificio populista que levanta Amenábar tembló. “Violencia cristiana sí hubo, entonces”, apunta el entrevistador refiriéndose a la Alejandría del siglo IV. Y contesta Pifarré: “Y judía. Y pagana. A menudo andaban a trompazos todos con todos…”. Autor de una monumental Literatura cristiana antiga (PAM), Cebrià Pifarré consigue apartar con una frase el visillo de la ficción peliculera y nos acerca a la compleja ventana de la historia. La entrevista y algunos capítulos del libro nos sitúan en uno de tantos momentos de crisis o cambio histórico: los refinamientos culturales helénicos, que habían tenido en Alejandría la máxima expresión, se derrumbaban, junto con el imperio romano que les otorgaba fundamento, bajo el impulso rudo y agresivo de nuevos protagonistas. Hacían su entrada en la historia “gente campesina muy primitiva y ruda, coptos que reivindicaban su lengua frente a la helenización”.

En aquellos tiempos, como en los nuestros ahora, un viejo orden (el que Amenábar idealiza) se hundía, mientras el tiempo nuevo -visible en “los anárquicos y brutos monjes del desierto que en su crudeza odiaban todo lo helénico”- expresaba el empuje, inicialmente oscuro, de otras gentes. El cristianismo estaba allí: construyendo un puente.

Más que discutir la película de Amenábar o aplaudir el rigor de Pifarré (incomparables como un turrón y un campo de avellanas), la modesta pretensión de este artículo navideño es constatar la tendencia al panfleto de una importantísima corriente ideológica: el laicismo. Demasiado acostumbrado a que todo el mundo cultural le dé la razón: en Catalunya es tan absolutamente hegemónico que -abad de Montserrat al margen- casi ningún católico se atreve ya a toser en público.

Los laicistas adoctrinan, dan por supuesto que todo el mundo tiene que pensar como ellos (pues los religiosos no piensan) y produce sin cesar catecismos culturales. Sirva de ejemplo el de Amenábar. Tiene el laicismo, como tuvo en su momento en España el nacionalcatolicismo, que la Conferencia Episcopal parece añorar, un complejo de superioridad moral. Se refiere a la vivencia religiosa siempre en forma de caricatura: propia de tipos primitivos, arcaicos o ignorantes, siempre violentos.

Tiene complejo de superioridad, pero, paradójicamente, ha perdido el sentido crítico. En efecto, los voceros artísticos, periodísticos o políticos del laicismo todavía no han iniciado entre nosotros el proceso de reconocimiento de los fracasos (o límites) históricos de la revolución ilustrada iniciada en el siglo XVIII (cuando se inventó precisamente el mito de Hipatia, opuesto al supuesto oscurantismo de la religión). Después de tres siglos de victoria ideológica, derrotada por tierra, mar y aire en Europa la cultura católica o protestante, ¿puede realmente el laicismo considerar que (dejemos a un lado ahora el islam) la religión ha sido sustituida por la razón? ¿Acaso los dos grandes desastres del siglo XX (el nazismo y el Gulag ruso) no son deformaciones colosales (entre las más desastrosas y violentas de la historia) del pensamiento racional? ¿Acaso el imperio de las emociones que caracteriza el presente europeo no está en las antípodas del imperio de la razón?

Atrapada en un laberinto de consumo e hipnosis mediática, la ciudadanía está ahora libre de dogmas, ciertamente. Pero no de esclavitudes (no por menos explícitas menos omnipotentes). La época de la razón ha generado no pocos monstruos. Los que la abanderan con tópicos sectarios y reduccionistas, burlándose de cinco mil años de tradición cultural judeocristiana, deberían abandonar, como mínimo, sus alardes de superioridad moral. Cuanto más saben los físicos (en vanguardia de la ciencia actual), más dudan de la certeza puramente científica. Y no pocos, entre nosotros David Jou, reencajan el conocimiento científico con una visión trascendente de la vida.

La crisis cultural de nuestro tiempo tendrá, sin duda, efectos positivos. Uno de ellos es el empate de catecismos. A la dogmática religiosa le sustituyó la dogmática laicista. Karl Kraus, aquel formidable polemista de la gran Viena perdida, lo intuyó hace un siglo: “Puestos a creer en algo que no veo, prefiero creer en Dios antes que en un bacilo”.

La frase carece ya de sentido literal, pero no de sentido metafórico. Como sagazmente ha apuntado John Cornwell en Darwin´s angel (versión italiana en Ed. Garzanti), muchas de las explicaciones que da ahora la ciencia sobre el universo no son menos literarias que las que daba el Génesis cinco mil años atrás. El empate de catecismos y la crisis ideológica de nuestro tiempo obligan a un esfuerzo de reconstrucción cultural. Fe y razón no podrán ignorarse tan fácilmente como hasta ahora.